La deflagración sucedió en el estacionamiento del hotel, donde se hospedaron los sonorenses, tras concluir su partición en la “Copa Culiacán”, finalizada en el trascurso de la presente semana. Supuestamente el certamen tuvo el aval de la federación respectiva, en un momento cuando existe mucha tensión y llamado a evitar reuniones en grupos que dispare el coronavirus.
Los informes preliminares de los dirigentes deportivos del lugar, en relación al siniestro descartaron que la acción se debió a represalias porque el conjunto visitante derrotó al local; aunque a varios días del fuego se desconocen quienes fueron los culpables y el por qué de tal acción.
La violencia en el deporte, sobre todo profesional, existe desde tiempos pretéritos y se presenta en países desarrollados y pobres, como los hooligans ingleses y las barras bravas argentinas; seudoaficionados que usaron el terrorismo o la intimidación para sus aviesos intereses.
Dirigentes deportivos, atletas y entrenadores locales expresan en corto que en algunos entes de la República mexicana, donde la infraestructura deportiva es vanguardista, la inversión es presumiblemente de dudosa procedencia. Cierta o no la versión, esas instalaciones recreativas son motivo de comparación entre lo que tiene el edén y lo existente en otras latitudes.
El asunto tiene y debe de investigarse hasta encontrar al o los culpables, y la razón que llevó a cometer un suceso reprobable para prevenir algo similar a futuro allá y en cualquier lugar del país; por los mementos de inseguridad en la nación azteca que confunden un acto delictivo usual con delincuencia organizada. Asimismo, es menester prohibir torneos presenciales, en particular deportes de conjunto en plena celebración de la Navidad y Año Nuevo, pues ante la euforia de ganar un partido o título se olvidan los protocolos sanitarios desde el ganador hasta sus familias. El poder es el poder.
