Las trampas de la fe
A pesar de que en el siglo XIX se estableció como principio constitucional la separación entre el Estado y la Iglesia, la realidad es que muchos gobernantes pecaron de hipócritas. Por ejemplo, durante la primera visita de un Papa a México, López Portillo le pidió a Juan Pablo II que oficiara una misa privada en Los Pinos porque su madre –la de Portillo, no la del Papa- era una fervorosa creyente, petición a la que accedió el Pontífice.
Antes de que Salinas decidiera restablecer relaciones con la Iglesia -1992-, el representante de la Santa Sede ante el estado mexicano se denominaba “delegado apostólico”; posteriormente, con la apertura formal de relaciones, el representante papal retomó el nombre que le da la diplomacia: nuncio apostólico. De esta forma, Girolamo Prigione –quien era el delegado apostólico al momento de la reforma constitucional- se convirtió en el primer nuncio.
La estancia de Prigione se prolongó en México durante 19 años, de 1978 a 1997, mucho más de lo que dictaba una regla no escrita, tiempo en el que estuvo muy activo: lo mismo como promotor de la reforma constitucional de 1992 que como orquestador de un grupo de prelados al servicio del poder político. Este grupo, denominado el “club de Roma”, fue también un dique para frenar el compromiso que los teólogos de la liberación tenían con los pobres.
De entre los miembros del “club de Roma” e incondicionales del nuncio, sobresalen los nombres de Emilio Berlié, Onésimo Cepeda, Juan Sandoval y otros dos siniestros personajes: Marcial Maciel y el cardenal Norberto Rivera. Norberto Rivera, aún como obispo de Tehuacán, desmanteló el Seminario Regional del Sureste, el más importante centro de formación sacerdotal de la pastoral de la teología de la liberación, pastoral que se identifica con los nombres de Sergio Méndez Arceo, Arturo Lona, Raúl Vera y Samuel Ruiz.
Girolamo Prigione -a quien tuve el gusto de incomodar con una pregunta en un encuentro con académicos luego de la reforma constitucional- no se contentó con entrometerse en la política nacional, sino que incluso se reunió con los hermanos Arellano Félix, en la mismísima nunciatura, a raíz del asesinato del cardenal Posadas Ocampo. ¿Lo investigó la PGR? Obvio no.
El comportamiento del nuncio motivó al cardenal Ernesto Corripio a dirigir una carta a Juan Pablo II, en diciembre de 1993, en la que le pidió que sustituyera al representante papal porque le estaba haciendo mucho daño a la Iglesia del país por sus “actitudes arrogantes” y sus compromisos “con grupos de poder y dinero”. Pero el Papa ni se dio por enterado, o quizá Angelo Sodano, Secretario de Estado Vaticano, impidió la comunicación.
El “club de Roma” tuvo un poderoso aliado vaticano en la persona de Sodano, quien había sido nuncio apostólico en Chile durante la dictadura de Pinochet. Como Secretario de Estado, de 1990 a 2006, Sodano también protegió a Marcial Maciel de las acusaciones de abuso sexual que ya eran reconocidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe, y trató de reivindicar su figura en un encuentro con Legionarios de Cristo en 2008.
En el encuentro referido, Sodano dijo de Maciel: “nosotros debemos tener esta gran veneración para nuestro fundador, si todos somos pecadores… (pues) me parece que el plan de Dios sobre la legión es que continúe”. Seguramente no olvidaba que Maciel había sido un desinteresado gestor de donaciones que los amigos pudientes del legionario hacían al Vaticano, por misas privadas que Juan Pablo II celebraba en la capilla del Palacio Apostólico.
Se afirma que en una ocasión Maciel le entregó personalmente al Papa, un millón de dólares en efectivo en 1995. Pero qué importa si la protección papal no tiene precio.
Si Enrique Peña, egresado de una universidad del opus dei, tuviera presente la despedida que le dieron los estudiantes de la Universidad Iberoamericana en mayo de 2012, tal vez no hubiera estado tan sonriente el viernes pasado en la recepción al Papa Francisco. Y es que la Ibero es de jesuitas, misma orden a la que pertenece el actual Pontífice y que fue suprimida en 1773 por decisión del Papa Clemente XIV.
Dentro de todo, los jesuitas son quienes muestran las posiciones más progresistas y eso puede incomodar al gobierno federal. Así sea.