El mensaje que Claudia Sheinbaum pronunció el 20 de noviembre desde el Zócalo, en el marco del Desfile Cívico-Militar del 115 aniversario de la Revolución Mexicana, fue esencialmente un acto de reafirmación soberana.
La presidenta situó la Cuarta Transformación como la culminación histórica de Independencia, Reforma y Revolución: la etapa definitiva e irreversible del México que busca justicia social, honestidad republicana y paz duradera.
Al declarar que “se equivocan quienes llaman a la violencia, al odio ya la intervención militar extranjera”, no solo los condenó con toda claridad, sino que los señaló sin mencionarlos por nombre: la oposición conservadora y la ultraderecha que, a sus ojos, reproducen hoy el espíritu del porfirismo, el régimen de privilegios, despojo y represión que la Revolución enterró.
Lo repitió como un martillo:
"Se equivoca quien convoca a la violencia.
Se equivoca quien alienta el odio.
Se equivoca quien cree que la fuerza puede sustituir a la justicia.
Se equivoca quien pide intervención extranjera".
La alusión era evidente. Apuntaba a los dirigentes nacionales del PRI y del PAN que han llevado sus críticas hasta el insulto soez y la descalificación personal, demostrando, según la presidenta, una ignorancia histórica y una desconexión total con el pueblo al que dicen defensor.
Porque sí existen sectores de la oposición que, sin rubor, han solicitado abiertamente al presidente Donald Trump una invasión militar estadounidense con el pretexto de que Morena está “destruyendo” México y la democracia.
Una fabulación sostenida en mentiras que solo revela su condición de vendepatrias. Incitar al odio fractura a la sociedad y destruye toda posibilidad de convivencia; con frecuencia termina legitimando la violencia que después todos deploramos.
Llamar a la violencia —desde un templete oficial, una marcha, una red social o un púlpito— es siempre es irresponsable, porque nunca falta quien interprete esas palabras como autorización para pasar a los hechos. El discurso de Sheinbaum rechazó ambas cosas de manera tajante.
Ese mismo 20 de noviembre, mientras desfilaban las Fuerzas Armadas, un puñado de manifestantes autodenominados “Generación Z”, muchos de ellos visiblemente mayores de edad, gritaba a la presidenta: “¡Que muera la judía!” y “¡Puta judía!”.
La víspera, el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno, había publicado en X:
"ESTE PINCHE NARCOGOBIERNO DE MIERDA ESTÁ ASESINANDO A NUESTROS NIÑOS Y JÓVENES! ¡Ya basta! Son más pendejos que corruptos. No saben gobernar. ¡Estamos hasta la madre! Es evidente que Morena mandó un bloque negro a la marcha del 15N para violentar a los jóvenes y reventarla. Porque les tienen miedo. Porque cuando el pueblo se organiza, los narcopolíticos de Morena tiemblan”.
SANGRE EN MANOS DEL PRI
Ese es “Alito” Moreno sin caretas: un líder que habla como porro de barrio, que acusa de corrupción mientras enfrenta un desafuero por ladrón, y sufre una conveniente amnesia histórica.
Conviene recordarle que los presidentes que reprimieron y masacraron a jóvenes mexicanos fueron precisamente los priistas Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Y que el INE ya documentó cómo se robó cien millones de pesos en supuestos cursos de redes sociales.
Estos episodios revelan un patrón claro: una oposición que prefiere el insulto y la conspiración al debate de ideas, que sabotea el diálogo en lugar de construirlo y que, al hacerlo, pierde toda credibilidad.
Por eso la presidenta cerró su mensaje con una condena rotunda a la violencia, al odio ya la intervención extranjera, y con un llamado a la justicia ya la convivencia en el espíritu de la Revolución Mexicana.
La oposición tiene todo el derecho de criticar, cuestionar y exponer sus argumentos. Nadie se lo niega. Pero cuando cruza la línea del insulto, la mentira y el delirio intervencionista, no solo se queda sin autoridad moral: se retrata tal como es.
