• La Verdad del Sureste |
  • Viernes 20 de Febrero de 2026

¿Y a mí qué?

 El legislador que apagó la curul para encender la cámara

Publicado el:

Francisco Enrique Pérez Hernández


En México estamos acostumbrados a que la política nos decepcione. Lo que ya no deberíamos normalizar es que la representación se trate como si fuera opcional. Una curul no es un privilegio que se activa y se desactiva según la agenda personal; es un encargo que implica presencia, continuidad y responsabilidad.

Se atribuye a Ricardo Flores Magón una frase que hoy cobra peso: “Tremenda responsabilidad haber levantado en vano a la esperanza.” Morena se presentó como la esperanza de México. Esa palabra no es retórica; es una promesa. Y las promesas políticas no se miden por discursos, sino por conductas.

El caso de Sergio Mayer Bretón, quien solicitó licencia como diputado federal para participar en un programa de entretenimiento, no debe analizarse desde el escándalo, sino desde sus efectos políticos y sociales. No es un asunto de moral privada. Es una cuestión de señal institucional.

¿Por qué debería interesarte esto?

Porque cuando la representación pública se vuelve intermitente, el mensaje que se instala es que el Congreso puede esperar. Y cuando el Congreso puede esperar, los problemas del país también se postergan.

Los datos importan

Si se mide la productividad legislativa con el criterio más objetivo del Sistema de Información Legislativa (las iniciativas registradas como Iniciante, es decir, de autoría propia), los registros muestran que Mayer ha presentado 6 iniciativas propias en esta Legislatura. Hasta ahora, ninguna ha sido aprobada y dos fueron retiradas de los registros.

El dato no implica por sí mismo incapacidad legislativa (las iniciativas dependen de mayorías, consensos y procesos), pero sí describe un desempeño que, al menos hasta este momento, no se ha traducido en resultados legislativos concretos.

Aquí hay un contraste inevitable: Mayer presume un Doctorado en Administración Pública y un Doctor en Administración Pública conoce perfectamente el costo institucional del abandono de funciones, lo que hace su ausencia no solo negligente, sino cínica. Cuando el desempeño verificable no acompaña esa credencial, el problema ya no es de “imagen”, sino de costo-beneficio público: el ciudadano no paga títulos; paga trabajo. 

En cuanto a asistencia, según información difundida por diversos medios con base en registros oficiales de la Cámara de Diputados, el legislador habría asistido a 9 de 62 sesiones en el periodo reportado. Más allá del debate metodológico, la proporción es baja. Y el orden de magnitud es el que importa cuando se evalúa responsabilidad pública.

Además, se ha reportado su abstención en lo particular durante la discusión de la reforma constitucional en materia de no reelección y nepotismo electoral, un tema central en la narrativa ética del movimiento. En política, esos gestos se interpretan como señales.

El costo real no es el sueldo, es el vacío técnico

El ciudadano suele quedarse con el debate del dinero. Pero el costo principal es otro: el costo de oportunidad.

El Estado no solo paga un asiento. Integra a un legislador en comisiones que son “brazo técnico” del país: seguridad ciudadana, justicia y defensa nacional. Cuando un legislador se ausenta por semanas (hasta 17, según la duración típica del formato televisivo) el país no se queda “sin alguien”, se queda sin continuidad: sin seguimiento, sin presencia en mesas, sin trabajo acumulado. El hueco no siempre se ve, pero se siente en la normalización de que lo importante puede esperar.

Y aquí entra un dato que vuelve más grave la conversación: no es lo mismo retirar una iniciativa menor, que retirar una iniciativa vinculada con temas sustantivos del Estado. Si una de las iniciativas retiradas correspondía a un tema como la Ley General para los Derechos de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos (retirada el 5 de mayo de 2025), lo que se proyecta no es solo baja eficacia, sino una agenda tratada como trámite: se presenta, se deja, se suelta.

El efecto político y social

Nada de esto es personal. Tampoco es un ataque contra Morena. Es una reflexión sobre consecuencias. Al ciudadano le afecta porque debilita la confianza en que quienes ocupan una curul están dedicados de tiempo completo a su función. La ley permite la licencia; la ética pública exige algo más que legalidad.

Al militante le afecta porque genera una tensión entre discurso y práctica. Y esa tensión no es abstracta: está prevista en los propios documentos del movimiento.

El Artículo 3°, incisos b y c, de los Estatutos de Morena establece que sus integrantes no deben actuar movidos por ambición personal ni por beneficio propio, sino por causas superiores y por el interés colectivo. Cuando un legislador decide priorizar un contrato de entretenimiento privado sobre el ejercicio pleno del encargo público, esa conducta entra en contradicción con ese principio.

 

El Artículo 6°, inciso h, señala que los militantes deben desempeñarse en todo momento como dignos integrantes del partido en cualquier actividad pública. La sustitución temporal de la función legislativa por un proyecto televisivo coloca en tensión esa obligación de dignidad institucional.

El Artículo 42° establece que quienes ocupan un cargo público deben hacerlo para servir al pueblo, no para obtener beneficios o ventajas asociadas al puesto. Cuando una curul se percibe como trampolín de visibilidad personal o como plataforma para proyectos privados, esa conducta entra en contradicción con ese mandato: el cargo deja de verse como servicio y empieza a verse como instrumento.

El Artículo 53°, inciso d, considera falta sancionable la negligencia o abandono en el cumplimiento de responsabilidades partidarias. Aunque la licencia sea legal, la ausencia prolongada del encargo legislativo abre la discusión sobre si existe o no un abandono fáctico del deber político.

No corresponde a esta columna determinar responsabilidades jurídicas; eso compete a los órganos internos. Pero sí es legítimo señalar que la conducta genera una disonancia evidente con el marco normativo que el propio movimiento adoptó.

La ilusión de validez de la dirigencia

Aquí entra la parte incómoda: el criterio de selección. La dirigencia debería hacerse preguntas difíciles, pero necesarias:

¿Su fama garantiza productividad en la Cámara? ¿Su trayectoria muestra constancia y resultados verificables? ¿Su conducta refleja compromiso con el encargo? 

Y, sin embargo, a veces se sustituye esa evaluación por preguntas más fáciles, más de marketing político:

¿Cuánta visibilidad trae? ¿Qué tanto ayuda a la narrativa? ¿Qué tan conocido es su nombre?

No es una acusación, es una alerta: cuando se gobierna por intuición y fama, los datos terminan cobrando factura.

El impacto en el relevo generacional

Hay un efecto menos visible pero más estructural: el relevo generacional. Sergio Mayer ya ocupó una curul en la LXIV Legislatura y hoy vuelve por la vía plurinominal. Cuando un espacio de lista se asigna por segunda ocasión a un mismo perfil y, además, el desempeño no muestra resultados legislativos contundentes ni dedicación plena, el mensaje interno es inevitable: la permanencia no necesariamente está ligada al mérito verificable.

Esto afecta directamente la renovación política. La Declaración de Principios de Morena señala como indispensable la formación de jóvenes como nuevos dirigentes sociales y políticos. La renovación no es un gesto simbólico; es un compromiso programático.

Cuando las listas se reciclan y se ocupan con perfiles ya probados (sobre todo si su desempeño no ha sido sobresaliente), se genera un freno al ascenso de nuevos cuadros formados en territorio, en estructura y en trabajo legislativo. El efecto es silencioso pero profundo: desincentiva la formación interna, desalienta la participación y debilita la idea de que el esfuerzo constante tiene recompensa.

No se trata de excluir a nadie por trayectoria previa, sino de garantizar que la repetición en listas plurinominales esté acompañada de resultados claros y dedicación incuestionable. Sin ese estándar, el relevo se bloquea y el movimiento pierde oxígeno.

¿Qué debería hacer la dirigencia?

1. Protocolos de transparencia en listas plurinominales: explicar públicamente los criterios técnicos de selección.

2. Métricas de desempeño para repetir en lista: asistencia, trabajo en comisiones y resultados legislativos verificables.

3. Compromiso ético de continuidad: evitar que la curul se convierta en plataforma intermitente para proyectos privados.

4. Y un punto clave: antes de repetir a alguien en lista, publicar una Hoja de Resultados mínima: asistencias, votaciones relevantes, iniciativas propias y estatus. No para exhibir, sino para obligar a decidir con datos, no con intuiciones.

Weber y el riesgo de gobernar por la impresión

Max Weber lo advirtió con una claridad brutal: el gran enemigo del político no es solo el error, es la vanidad. La vanidad empuja a buscar el efecto, la impresión, el aplauso, por encima de la finalidad objetiva del cargo. Cuando la prioridad se convierte en la cámara, y no en la curul, el servicio público empieza a degradarse en performance. Y ese es un daño institucional, no un pleito personal.

No se trata de sancionar por espectáculo. Se trata de proteger la credibilidad. La esperanza no se pierde por un caso. Se erosiona cuando se normaliza que no pase nada. La dirigencia de Morena enfrenta hoy un dilema que definirá su autoridad moral hacia 2027: o trata la representación como un encargo sagrado que exige exclusividad, o acepta que la curul sea solo un camerino con fuero. Al final, el ciudadano no castiga la fama, castiga el desdén. Y no hay reality show que pueda ocultar el vacío de una curul que, estando encendida para la cámara, se quedó apagada para el país.

Aquí termina el texto, pero empieza tu conciencia.