En la política mexicana hay cosas que nunca fallan: los mismos de siempre cambiando de camiseta, prometiendo que “esta vez sí es diferente” y armando un circo que se vende como la gran alternativa ciudadana.
Eso es, en esencia, Somos México, el movimiento que ya constituyó su asamblea nacional, nombró a Guadalupe Acosta Naranjo como presidente y aspira a convertirse en partido político para las intermedias de 2027.
Acosta Naranjo, uno de los históricos “chuchos” del PRD, manejó el partido en su etapa de declive. Que el mismo operador que vivió esa debacle ahora lidera un proyecto que promete “rescatar la República” tiene un tufo a podrido muy fuerte.
Lo más llamativo no es su discurso —democracia, libertades, combatir la 4T, recuperar instituciones—, sino la mezcolanza ideológica que armaron experredistas, priistas de todos los pelajes, incluida Carolina Monroy, pariente de Peña Nieto, panistas, exconsejeros del INE como Lorenzo Córdova, exministros de la SCJN y gente de la Marea Rosa. Hasta Claudio X González está ahí y ya es decir mucho.
Un arcoíris opositor donde todos caben si están en contra de Morena y de Claudia Sheinbaum.
¿Pluralismo sano o simple refugio de cuadros reciclados? Los críticos lo llaman “reciclaje de la vieja política”. Se presenta como “ciudadano” y “nacido de la sociedad civil”, pero la foto de sus asambleas muestra más rostros conocidos del sistema que caras nuevas.
Dicen haber cumplido los requisitos ante el INE y amenazan con movilizaciones si les niegan el registro. Quieren competir por todo en 2027 —diputados, gubernaturas, ayuntamientos— y sueñan con alianzas para llegar a la Presidencia en 2030.
En un país cansado de polarización, pretenden atraer al votante anti-Morena desencantado del PAN y el PRI. Pero es el mismo caldo de siempre con nuevo empaque. Cuando la dirigencia la encabeza alguien ligado a la debacle del PRD y el consejo incluye figuras del viejo sistema, cuesta creer que sea “la fuerza que nos une desde abajo”.
Muchos ciudadanos ven en esto un reagrupamiento de los perdedores de 2024, más que una renovación real. Y el electorado suele castigar la fragmentación opositora. México no necesita otro partido “anti-Morena” por defecto.
Necesita ideas claras, cuadros limpios y propuestas concretas en economía, seguridad, educación y corrupción. “Somos México” repite el mantra de rescatar la democracia, pero su ADN huele más a supervivencia de la clase política tradicional que una apuesta fresca.
En Tabasco, más de lo mismo
El fichaje de Jesús Alí de la Torre y el reciclaje de Juan José Rodríguez Prats lo confirman. Alí renunció hace poco a Morena después de recibir oportunidades y no cumplir o no recibir lo que esperaba para 2027. Que lo compre quien no lo conoce, dicen y es cierto.
Ahora lo recibe en Somos México como delegado estatal, como si fuera un trofeo. Para el ciudadano común, es el clásico político que salta de partido en partido buscando oxígeno, no ideales.
Junto a él está Rodríguez Prats, veterano que pasó del PRI al PAN, fue secretario de Gobierno, senador y diputado federal: un “cartucho quemado” que ya recorrió casi todos los caminos sin dejar huella transformadora.
El discurso de “alternativa fresca, nacida de la sociedad civil” choca con la realidad: están armando el equipo con disidentes recientes de Morena y veteranos del viejo sistema que no cuajaron en sus partidos originales.
En Tabasco, bastión morenista y tierra de López Obrador, esto parece un intento desesperado de reagrupar perdedores locales para arañar al menos el 10% de los votos en 2027.
En lugar de caras nuevas y propuestas frescas, se ven los mismos rostros con nuevo logo. Al final, Somos México corre el riesgo de ser un refugio de oportunistas y reciclados, no la gran casa de la oposición democrática.
Si quieren credibilidad, tendrán que demostrar que estos fichajes traen algo más que ambición personal: ideas concretas, transparencia y distancia real de la vieja política. Pero Alí y Prats ya no engañan más que quienes quieren ser engañados; son los mismos de siempre.
Por lo pronto, el mensaje es claro: “sumamos a todo lo que esté disponible, sin importar el pasado”. Y en política, el pasado casi siempre cobra factura. Los ciudadanos no son tontos. Ya veremos si en 2027 premian este reciclaje o lo castigan como más de lo mismo.