Los de abajo

Somos México y PAZ, más o peor de lo mismo


El viernes pasado, el INE otorgó el registro a Somos México y PAZ como nuevos partidos políticos nacionales, con lo que en las elecciones intermedias de 2027 participarán ocho fuerzas políticas. 

 

A partir del próximo miércoles, estos partidos, que han reciclado a cartuchos quemados de otras organizaciones políticas, tendrán derecho a financiamiento público y podrán participar plenamente en la vida política nacional. 

 

En el caso de Somos México, el Consejo General del INE aprobó una resolución para que cambie de nombre (no puede usar el de México), colores y emblema para evitar confusiones con otras fuerzas políticas. 

 

¿Qué se espera de estos dos partidos emergentes? Se espera poco o nada sustancialmente nuevo, y esa es la crítica más recurrente y razonable que surge de este tipo de proyectos. 

 

En política, especialmente en México, las siglas nuevas con caras y estructuras recicladas suelen generar más escepticismo que ilusión. 

 

México tiene una larga tradición de "nuevos" proyectos que terminan siendo refugios de políticos desplazados de partidos tradicionales, en este caso, del PRI, PRD y PAN. 

 

El PRI gobernó casi ininterrumpidamente durante más de 70 años con un sistema corporativo y clientelar, institucionalizó la corrupción y el autoritarismo; el PRD surgió como alternativa de izquierda pero se fragmentó entre radicalismos, corrupción y oportunismo lo que lo llevó a su extinción.

 

El PAN y afines ha tenido sus propios escándalos de neoliberalismo, privilegios y alianzas pragmáticas. Cuando estos actores se reagrupan bajo nuevas marcas, el público percibe reciclaje más que renovación mismos vicios: opacidad en financiamiento, lealtades personales por encima de ideas, búsqueda de cuotas y presupuesto público, pero con mejor marketing.

 

Somos México es un partido opositor ligado a Marea Rosa y tiene como su dirigente visible a Guadalupe Acosta Naranjo, uno de los integrantes de la corriente del PRD de los “Chuchos” que dieron al traste con ese partido y responsables de su desaparición en las elecciones presidenciales de 2024. 

 

En esa fuerza política militan exfuncionarios electorales y figuras ligadas a la derecha, como Emilio Álvarez Icaza.  Es en esencia, una mezcla de experredistas, priistas desencantados y perfiles que se autodefinen de centro-derecha o supuestos "demócratas liberales".

 

El partido PAZ  es creación de exmiembros del desaparecido Partido Encuentro Social (PES) por lo que de alguna manera estará cercano a Morena o la menos tendrá coincidencias.  

 

En lugar de construir una alternativa sólida y unificada, estos partidos pueden dividir el anti-Morena o el voto crítico en general. Históricamente, esto beneficia al partido en el poder, hoy Morena y aliados. Sin una propuesta programática clara, coherente y distinta, terminarán compitiendo por el mismo nicho de "anti-4T" o "centro" que ya ocupan PAN, PRI y MC.

 

Actores del viejo PRI aportan experiencia en maquinaria electoral y redes clientelares, pero también los vicios del autoritarismo y la corrupción. Lo peor del PRD suele traer divisionismo, retórica izquierdista vacía y fracaso en gestión. 

 

Personajes de la derecha añaden énfasis en mercado, instituciones y libertades, pero a menudo sin atractivo popular masivo. El resultado frecuente es un frente ecléctico sin identidad fuerte: ni se transforma estructuralmente ni ofrece una democracia creíble, ni un liberalismo consistente.

 

Estos partidos necesitan al menos 3% de votos para mantener registro y acceso a financiamiento público. La tentación es aliarse, negociar candidaturas plurinominales o posicionarse como "bisagra" para futuras coaliciones, más que ofrecer un proyecto de país a largo plazo.

 

El problema es cuando el reciclaje domina sin autocrítica ni renovación genuina de ideas y métodos. De estos nuevos partidos se espera, en el mejor caso, competencia marginal que obliga a los grandes a mejorar y capturar el voto desencantado. 

 

En el peor, más probable según antecedentes, más de lo mismo: ruido, dispersión, financiamiento público malgastado y desilusión adicional. 

 

La alternativa verdadera no vendrá de siglas nuevas con operadores viejos, sino de coherencia ideológica, resultados tangibles y capacidad de atraer a ciudadanos no militantes. Los decididos decidirán en 2027 si vale la pena o es solo otro ciclo de reciclaje. 

 

 

 

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