Los de abajo

México no necesita más partidos de papel, sino instituciones que funcionen


El Consejo General del Instituto Nacional Electoral (INE) resolvió recientemente otorgar registro como partidos políticos nacionales a dos organizaciones —Construyendo Sociedades de Paz (conocido como PAZ) y Personas Sumando en 2025 (Somos México)— mientras negó el registro a tres más: México Tiene Vida, Que Siga la Democracia e Interacción y Empatía para Todos.
 

La decisión, tomada tras una revisión de asambleas, afiliaciones, fiscalización y cumplimiento legal, refleja el rol del árbitro electoral: aplicar la ley con rigor y no regalar prerrogativas.
 

Las organizaciones rechazadas incurrieron en irregularidades en sus procesos de constitución, autenticidad de afiliaciones o manejo de recursos.
 

A México Tiene Vida, el INE le detectó una violación directa al principio constitucional de laicidad debido a la participación activa de 98 ministros de culto en 56 de sus asambleas constitutivas.
 

Asimismo, registraron anomalías financieras por más de 4.7 millones de pesos, la manipulación de miles de afiliaciones y un intento de soborno a personal electoral.
 

Que Siga la Democracia quedó fuera por inconsistencias severas en la autenticidad de sus afiliados. Adicionalmente, enfrentó reportes negativos de fiscalización, incluyendo investigaciones vigentes ante la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) por el origen de sus recursos.
 

Interacción y Empatía para Todos no logró acreditar la legalidad ni la transparencia en la conformación de sus padrones de militantes. Incumplió de forma sistemática los principios rectores de certeza y libre afiliación exigidos por la ley electoral.
 

No es capricho ni persecución política; es el mínimo exigible para que una fuerza reciba financiamiento público, acceso a tiempos en radio y televisión, y la capacidad de competir en igualdad de condiciones.
 

En un país donde la autoridad institucional sigue siendo frágil, este filtro técnico resulta saludable. México pasará de seis a ocho partidos nacionales a partir del 1 de julio.
 

VAN POR EL BILLETE
 

La pregunta de fondo es si esto fortalece o diluye nuestra democracia. Sectores sociales que se sienten huérfanos —ya sea por temas de paz y reconciliación, agendas ciudadanas emergentes o visiones locales— pueden encontrar cauce institucional en lugar de radicalizarse o abstenerse.
 

En teoría, obliga a los grandes a innovar, a ofrecer mejores propuestas y combatir la inercia. Un sistema más diverso puede enriquecer el debate legislativo y evitar monopolios ideológicos.
 

Cada partido nuevo recibe prerrogativas millonarias solo por existir. Con presupuestos públicos apretados y demandas sociales urgentes, ¿es prioritario subsidiar más siglas?
 

La experiencia latinoamericana muestra que un exceso de partidos puede llevar a coaliciones inestables, parálisis legislativa y gobiernos débiles. En México ya tenemos un sistema que tiende a la polarización; sumar más actores podría complicar consensos sin resolver problemas de fondo.
 

Muchos de los nuevos proyectos parecen reciclajes de siglas anteriores (como lo que queda de Encuentro Solidario en el caso de PAZ) o vehículos personales. No siempre representan ideas frescas, sino ambiciones de poder con financiamiento garantizado. La barrera del 3% de votos para conservar el registro ya actúa como filtro natural, pero llega tarde.
 

El problema mexicano no es la escasez de partidos, sino de partidos serios. Tenemos siglas que sobreviven gracias al financiamiento público más que al arraigo ciudadano. Tenemos estructuras clientelares, opacidad en el uso de recursos y una cultura donde el militante es muchas veces un beneficiario temporal y no un convencido ideológico.
 

Se necesita partidos que representar ideas claras y coherentes, no solo anti o pro gobierno, que renueven cuadros con talento y no solo reciclajes políticos, que realmente transparenten y rindan cuentas de sus gastos, que en verdad conecten con una ciudadanía cada vez más escéptica y demandante.
 

La decisión del INE es correcta en lo formal: aplicar la ley sin excepciones. Pero el país no necesita más partidos por decreto ni por moda. Necesita mejores partidos. Menos siglas efímeras y más proyectos con visión de largo plazo, arraigo territorial genuino y capacidad real de gobernar o fiscalizar.
 

Mientras el registro de nuevos partidos se convierta en un ritual sexenal de reparto de prerrogativas en lugar de un ejercicio de genuina renovación democrática, seguiremos teniendo el mismo problema: muchos logos y poca sustancia.
 

La democracia mexicana requiere menos actores que repartan culpas y más que asuman responsabilidades. Eso no se logra con más partidos, sino con partidos que merezcan existir.

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