La fase de grupos quedó atrás. México cumplió con autoridad: tres victorias, seis goles a favor, ninguno en contra y una imagen de equipo sólido, equilibrado y convencido de su propuesta. Sin embargo, en una Copa del Mundo todo eso pasa a segundo plano cuando comienza la fase de eliminación directa.
Frente a Ecuador no solo estará en juego un boleto a los octavos de final. Será la primera gran prueba para medir si este Tricolor realmente está preparado para competir con la presión que exige un Mundial.
Ecuador representa un rival incómodo. Es un equipo intenso, físicamente fuerte y con la capacidad de competir cada balón como si fuera el último. No necesita dominar la posesión para hacer daño; le basta con encontrar espacios y aprovechar cualquier desatención del rival.
Ahí estará el verdadero reto para México. Durante la fase de grupos destacó por su orden defensivo y la paciencia para construir sus ataques. Ahora necesitará mantener esas virtudes, pero con un grado mayor de contundencia. En los partidos de eliminación directa las oportunidades son escasas y quien falla suele pagarlo muy caro.
También será un examen de madurez. Habrá momentos en los que el partido se cierre, el gol no llegue y la ansiedad aparezca. Es precisamente ahí donde las selecciones candidatas marcan la diferencia: mantienen la calma, respetan su plan de juego y esperan el momento indicado para golpear.
El respaldo del Estadio Azteca volverá a ser un factor importante, aunque la responsabilidad recaerá, una vez más, sobre los once que estén en la cancha. El ambiente puede impulsar, pero las decisiones, la personalidad y el temple serán los que definan el rumbo del encuentro.
México llega como favorito por lo mostrado hasta ahora. Ha sido una selección confiable, con una defensa sólida y un funcionamiento colectivo que ha convencido. Pero los favoritos solo lo son antes del silbatazo inicial. Después, el Mundial no entiende de estadísticas ni de antecedentes.