Peña y su circunstancia
@UTufigno
Parado frente al micrófono en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, en la sesión especial sobre las drogas, Peña Nieto debió sentirse más solo que nunca y más pequeño de lo que en realidad es. Unos pocos días antes había rechazado participar en dicha reunión a pesar de que México era uno de los países que la habían solicitado. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión? O, más bien, ¿por qué no quería asistir?
Sé que a estas alturas del sexenio es casi imposible darle el beneficio de la duda, pero podría ser que Enrique Peña hubiera leído –y asimilado- las palabras de Ortega y Gasset: “soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.
Aunque es más probable que alguien debió decirle que su gobierno, construido a partir de una telenovela, está sumido en la mayor crisis de credibilidad de los últimos años y que ocultar la cara, en un mundo global, nada resuelve. Así, llevado de “la mano invisible” -de la que todos los economistas neoliberales son devotos- fue a pararse ante la asamblea de la ONU para refutar sus propios dichos y la terquedad de su antecesor.
La “guerra contra las drogas” iniciada por Felipe Calderón tiene cifras de espanto: cientos de miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos. Son las cifras de una auténtica guerra civil que hubiera ameritado decretar medidas emergentes en ciertos momentos y en ciertos estados, algo que los gobiernos mexicanos no hubieran hecho porque su imagen se hubiera visto afectada. Sin embargo, hoy todo acto de gobierno es visible, a pesar de que el PRI se empeña en vivir en las épocas del oscurantismo político.
Para Peña no debió ser fácil contradecirse ante una audiencia mundial que esperaba sus palabras sobre el tema de las drogas y otros hechos que están vinculados al narcotráfico. Debió extrañar su querido estado de México en donde los actos a los que es invitado por el gobernador Eruviel Ávila están repletos de “matraqueros” previamente seleccionados. Ahí no hay quejas ni inconformidades, a pesar de que el estado que gobernó tenga los mayores índices de criminalidad a nivel nacional.
La frivolidad de su cónyuge –Angélica Rivera-, que insiste en exhibirse en cierto tipo de revistas, contrasta con el evidente rostro maltrecho de Enrique Peña. Las recepciones protocolarias que le brindan en los países que visita también contrastan con los gritos que le reclaman hacer algo por el caso que, seguramente, lo dejará marcado por siempre: Ayotzinapa. La presión contra el gobierno mexicano es tan fuerte que hasta la candidata presidencial al gobierno de los Estados Unidos, Hillary Clinton, ya dijo algo que debió dolerle a Peña: “Es algo indignante. Si yo estuviese en el gobierno, no descansaría hasta descubrir lo que pasó con esos 42 (sic) jóvenes”. Sóbese, don Enrique, que para esos dolores agudos ya va a poder comprobar las bondades medicinales de la mariguana.
Al momento que usted, amable lector, tenga ante su mirada esta colaboración, el Grupo Internacional de Expertos Independientes (GIEI) de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, estará haciendo público su informe final sobre las investigaciones de la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa. En contra de lo que hubiera deseado, al gobierno de Peña Nieto no le quedó otra más que aceptar la intervención del GIEI.
Si en su documento previo -en septiembre de 2015- el GIEI ya había demolido la “verdad histórica” de Murillo Karam, el informe final puede marcar no sólo el inicio de un aislamiento del gobierno mexicano ante los organismos internacionales, sino también el inicio de una serie de reformas regresivas en materia de derechos humanos, incluso a nivel constitucional.
En 2011 tuvimos una importante reforma constitucional en materia de amparo y derechos humanos. Pero debemos aclarar que no fue por la generosidad o virtuosismo de nuestros legisladores, sino por la presión externa. Así, no dudo que el gobierno del PRI, autoritario por naturaleza, tenga la tentación de formalizar su regreso al pasado y pretenda reformar, entre otros, el artículo primero de la Constitución. Y ya de paso, eliminar la figura jurídica que se conoce como “interés legítimo”, que muchos dolores de cabeza le ha dado al régimen. Es Peña y su circunstancia.