Saltar al contenido principal
La Verdad del Sureste

Perspectiva de una joven de izquierda



Se termina el mes de marzo, por eso es importante dedicar estas líneas a todas las mujeres trabajadoras, luchonas, asalariadas, desempleadas, esposas, solteras, que juegan diversos roles en esta sociedad: madre, hermana, amiga, amante, estudiante, empleada y a veces explotada –porque se sigue dando el caso en pleno siglo XXI- .
    El pasado 8 de marzo, se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, es por eso que debemos reflexionar sobre la lucha por el respeto a nuestros derechos humanos, laborales y políticos.
    Estoy segura, que por las prisas de nuestro trajín diario, no hemos tenido la premura de indagar sobre esta fecha. Por eso mismo cabe resaltar que en marzo de 1857, las mujeres en EE.UU realizaron diversas manifestaciones en pro de sus derechos laborales, lo que significaba el inicio de las luchas por la igualdad en aquel país. Años después, para ser precisa en 1908, miles de personas exigieron por las calles de Nueva York, las mismas demandas por los derechos e igualdad en el trabajo, así como el derecho al voto, y mejores condiciones laborales dignas.
    Es preciso observar que dicha lucha por la igualdad, se llevó a cabo en 1908, pero en un país industrializado como eran los EE.UU. Pues en México era tal el nivel de esclavitud con el Porfiriato que las mujeres, ni siquiera tenían derechos como ciudadanos y mucho menos como trabajadoras.
    Luego entonces, en 1910 durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Dinamarca, más de 100 mujeres de diversos países declararon el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, a favor de los derechos de las mujeres y el sufragio universal. A raíz de la conferencia, un año después, la fecha se celebró con mítines a los que acudieron miles de personas quienes exigían que las mujeres tuvieran derecho a un trabajo digno, el derecho a su formación profesional, la oportunidad de ocupar cargos públicos y la no discriminación laboral. Sin embargo días después, más de 100 mujeres trabajadoras fallecieron quemadas en una fábrica de textiles en Nueva York. Aquellas mujeres fallecidas, formaron en vida parte de las huelgas anteriores.
    ¿Pero qué pasa hoy en día? La realidad de las mujeres no tiene nada que ver con lo que uno lee, mucho menos con lo que uno cree. La realidad va más allá de lo que uno ve en “lo que callamos las mujeres”.  Basta  con salir a las calles de las colonias populares y aventurarse a caminar en las más lejanas comunidades para darse cuenta que existen muchas mujeres que no conocen sus derechos humanos, que viven vulneradas en trabajos donde son subcontratadas y explotadas, chantajeadas y presionadas, donde impera la inestabilidad laboral.
    Pero mi abuelita me advierte: “¡Ay hijita, tu no sabes lo que es el sufrimiento, antes las mujeres no podíamos estudiar ni trabajar!”. Le aseguré que en estos tiempos ya no era así, ahora todas trabajamos y nos manteníamos unidas por la lucha de espacios que siempre nos fueron negados. Meses más tarde me di cuenta que el mundo real es otro. A finales del año 2015, realicé brigadas en apoyo a las mujeres que sufren algún tipo de violencia en comunidades de la Subregión de la Sierra. Jamás olvidaré las entrevistas que muchas mujeres tuvieron conmigo. ¿En qué mundo vivía? Nos han hecho creer que la violencia es normal, que es mejor callar.  Nuestra mayor aportación para cambiar la realidad se reduce a compartir solo en Facebook y Twitter noticias donde las mujeres son violentadas por sus parejas y amigos, o en ocasiones en sus trabajos. Preferimos que el morbo le gane a la indignación y a la acción.  
    Igual cuando tuve la oportunidad de trabajar en comunidades indígenas de Tacotalpa, me percaté que la mayoría iban acompañadas de sus parejas, algunos llegaban un tanto autoritarios y molestos, como si tuvieran terror de que sus esposas abrieran las bocas para acusarlos. Pensé que deliraba, que ya iba predispuesta a encontrarme casos de violencia. Comencé mis labores.  “Señora, ¿Cuál es su nombre?” – pregunté. “Remedios”- respondió. -¿A qué se dedica?- “A la cocina”- expresó con voz baja. Remedios era una mujer de ojos tristes y gestos duros.  No era la única que respondió dedicarse solo a la cocina. De las 5 mujeres que asesoré, ninguna tenía estudios y a pocas se les entendía el español. En las zonas rurales parece que las mujeres no tienen ni voz ni autoridad en sus hogares, la cultura del patriarcado les ha hecho creer que solo sirven para la cocina y para criar hijos. Casi todas justificaban a sus parejas, pensaban que su condena era vivir golpes, gritos y humillaciones. Ese día, terminé deprimida. A la siguiente semana visité Teapa, pensé que todo sería diferente y mejoraría. ¡Y vaya que sí son diferentes… y peores! El incesto reinaba en ciertas comunidades, no podía creer lo que escuchaba. El coraje me invadía, el ambiente en ese lugar era espantoso. ¿Niñas siendo violentadas por su misma familia? Esto no sólo pasa en Teapa, Tacotalpa o Jalapa, sucede en todos lados.
    En Villahermosa la violencia también está a flor de piel.  Asesoré a mujeres de todas las edades y diversas ocupaciones, la mayoría profesionistas. Todas llegaban buscando apoyo para denunciar. En el ciclo de violencia, se vive depresión, terror día y noche. La mujer  cree que si su marido se entera que lo denunciaron, las van a matar – y en ocasiones no están equivocadas-. Cuando las acompañaba a denunciar, te das cuenta que las Autoridades no son imparciales, son negligentes y misóginas, pues ya solo al mirar a la mujer miran a la culpable. De entrada lo primero que le dicen en tono grosero y sarcástico a las mujeres cuando llegan a denunciar es: “Señora, ¿Sabe que si denuncia a su marido por violencia familiar este puede ir a la cárcel? Yo ´nomás´ le digo”. Vi a  muchas mujeres arrepentirse y mejor irse, y a unas cuantas quedarse y enfrentar todo, y a pesar del miedo y del nulo trato de las autoridades, lograban denunciar.  Estás mujeres sufrían violencia de todo tipo: física, psicológica, sexual, patrimonial y económica; y créanme, no siempre se sufre la violencia en casa, también sucede en el trabajo.
    Es en razón a estas jornadas de solidaridad donde ayudé a tanta mujer indígena y a la lectura de nuestra historia como mujeres de lucha, que comprendí que no celebramos el Día de la Mujer para que sigan sucediendo hechos de violencia en contra de nosotras. Mucho menos para sentirnos superiores a los hombres. Se conmemora para recordarnos que aún existen injusticias y retos por lograr; el principal es la igualdad. Aún se siguen vulnerando nuestros derechos humanos, laborales y políticos. Tenemos que educar de manera progresista a nuestros niños, ya que las próximas generaciones están siendo bombardeadas por el egoísmo, el individualismo, el materialismo; la mayoría de los medios de comunicación y las redes sociales solo difunden violencia. Debemos enseñarle a nuestros hombres (padres, hermanos, primos, sobrinos, amigos, compañeros de lucha) que las mujeres no somos carne, ni incubadoras, somos mente, espíritu y libertad; capaces de decidir por nuestro cuerpo, de desempeñar trabajos que por años han sido considerados solo para hombres. Tenemos que hacernos el compromiso por la colectividad, por la educación, por un mundo mejor, donde no existan los feminicidios,  la misoginia, el machismo, ni el hembrismo. Donde solo exista la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.  Solo nosotras sabemos la dificultad del camino, pues parafraseando a  Simone de Beauvouir: “La mujer no nace, se hace mujer”.

 

¿Te fue útil? Comparte: Facebook X WhatsApp Telegram

Entérate de más