POSTAL DE CRONOS
La visita del Papa Francisco y el México maravilloso
Nos preguntamos si acaso los políticos mexicanos están experimentando un sentimiento más allá de la conmoción y la alegría con la ocasión de la visita del sumo pontífice a nuestro país. No podemos imaginar qué pasa por la mente de autoridades como el mismo presidente de México, la Primera Dama o su amigo Virgilio Andrade cuando el papa Francisco dirige sus palabras contra la corrupción.
Es conmovedor que Jorge Bergoglio conviva con algunos niños mexicanos, sobre todo con aquellos cuya existencia permanece entre las cuatro paredes de los hospitales; ¿pero qué sentimientos causaría si el Sumo Pontífice llegar de incógnito y se detuviera a bendecir a los niños que desde tempranas horas tienen que hacer malabares, vender chicles, pedir limosnas y que son explotados en las calles, cruceros y avenidas de las principales ciudades mexicanas? ¿Cuál sería su reacción si supiera que la mayoría son niños indígenas que son explotados por gente sin escrúpulos, y que ninguna autoridad los protege?
¿Cuál es esa esperanza que debiéramos sentir los mexicanos ante la presencia del Papa? Que los políticos y nuestro sistema de gobierno dejen de ser corruptos; que los migrantes no sean extorsionados ni abusados por las propias autoridades migratorias y que se respeten sus derechos humanos así como nosotros reclamamos que las autoridades del otro lado del río Bravo no violenten los derechos de nuestros migrantes. Que se proteja más allá de los discursos a los periodistas y que no se les persiga por diferir y criticar a las autoridades que nos gobierna. Muchos serían los deseos que rebasarían el número de cuentas del santo rosario o las plegarias que elevarían al cielo los ciudadanos a lo largo y ancho del país.
De nada nos sirven los protocolos y la alegría ofrecidos al papa Francisco si sabemos perfectamente que lo que hoy sienten muchos mexicanos es tan sólo algo momentáneo, efímero; que terminados los días de júbilo a raíz de esta visita se volverá a la cruda realidad, que al fin de la fiesta retorna la miseria, la siempre imperante miseria que arrastramos los mexicanos desde hace varios lustros y de la cual no hemos salido a pesar de tantas promesas, o por el temor a cambiar porque ya una vez cometimos el error de confiar en otro sistema que se suponía distinto y que resultó peor que el que volvió después de haber sido derrotado por el hartazgo expresado en el año 2000.
Nuestros políticos aparecen en los medios asistiendo a misa, santiguándose, o contrayendo nupcias y conocen los diez mandamientos; también conocen las leyes de la Carta Magna que consigna derechos y obligaciones a ellos y a nosotros, y sin embargo hay abusos, violaciones, muerte, influyentismo, nepotismo, desapariciones forzadas, presos políticos, manipulación de medios de comunicación; en suma, los peores vicios que hubiera imaginado Dante Alighieri en los círculos de su infierno.
En México hemos pasado por mucho en los últimos treinta años y en estos últimos meses no ha habido ninguna diferencia a pesar de que se sabía que el sumo pontífice visitaría esta tierra afligida; sólo preparativos y protocolos, ensayos de espectáculos y cálculo del rating en los medios.
Diplomacia de primer mundo versus pobreza. Funcionaros que alimentan a sus hijos con el pan ajeno que otros se ganan con el sudor de sus frentes. Un mundo maravilloso que no va más allá de las buenas intenciones.