¿A qué le tiras mexicano?
7ª Parte.
La democracia es una forma de gobierno, de origen clásico, que nació para servir a los intereses primordiales de los pueblos y comunidades.
Empero, las clases que detentan el poder, a veces por derivación de un proceso que surgió adecuado a los pobladores, mismo que se corrompió y se hizo inmune a la crítica social, a fin de conservar sus privilegios, otras como secuencia de presiones transnacionales
coludidas con los poderes internos, derivan en dictadura.
Puede entenderse como dictadura, por tanto, el control de una clase social minoritaria, que cada vez que corresponde realizar un proceso electoral, lo gana -directamente o por interpósito partido- para seguir controlando con sus funcionarios, utilizados en un cargo y
luego en otro, los destinos de un pueblo que poco o nada puede opinar, mucho menos participar en las decisiones cupulares. El cambio de partido es solo un cambio de rostro, para que continúen imponiendo las normas del mismo sistema económico y de gobierno, que poco o nada deja a la población mayoritaria.
El sistema capitalista permite la conformación de otros regímenes en el Planeta, para cumplir sus fines. Así encontramos: el parlamentario, el monárquico, semi presidencial y algunas derivaciones que intercalan condiciones de uno con otros. Pero todos ellos se unen a la globalización financiera que controla los movimientos económicos y definen los sociales de las naciones dependientes de uno u otro imperio planetario.
Por otro lado, se conforman regímenes antimperialistas, de claro tinte progresista, que buscan afanosamente construir componentes de vida buenos, que otorguen felicidad para todos sus gobernados, pretendiendo llegar al socialismo. Los éxitos que logran, se desvanecen al mantener vivas en su vida política y social, muchas de las formas capitalistas en sus diversas acepciones- las cuales, a través de la denominada “democracia electoral”, influenciada y apoyada desde organizaciones multilaterales –en el caso latinoamericano y caribeño por la OEA- son vigiladas para que no se alteren los controles que la economía transnacional globalizada, mantiene sobre la vida toda de las naciones.
Por la puerta de la Organización de Estados Americanos, (Bogotá, abril de 1948), denominada “ministerio de las Colonias” estadounidenses, cada vez que hay oportunidad, se desata la propaganda contraria a los intereses de las naciones progresistas, mediante partidos políticos que se mantienen y sostienen al interior de los países que pretenden
democracias libres, igualitarias y soberanas- entregados a los designios del gran capital.
La OEA probó muy pronto para que fue constituida: no protestó ante regímenes antidemocráticos, ni le preocupó la instauración por medio de golpes de estado, de las dictaduras latinoamericanas, en su mayoría militares, conformadas en la década de los 60s en varios países; su silencio fuer mayor cuando se trató de las dictaduras militares en el Cono Sur las cuales se consolidaron mediante políticas de terrorismo de estado. La prueba mayor de tales actitudes fue la asonada en Santiago de Chile (11-Sep-1973), en que se derrocó al presidente progresista chileno, Salvador Allende, asesinándosele en el Palacio de gobierno de aquella nación.
La incongruencia de esta organización fue brutal, durante la Guerra de Malvinas (1982). En ese evento militar, E.U. –obligado por la Carta que signó en Río de Janeiro (2-Sep-1947) para estar al lado de cualesquiera de las países, en conflictos en que se involucrase una nación de fuera de la Región, obviamente considerada la Argentina- sin aclaración ninguna, apoyo a Reino Unido con sus aviones nodriza y otros implementos de guerra, postura que le ganó críticas no consideradas por el imperio. Las prevenciones para la unidad continental, suscritas en el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y la OEA, fueron soslayadas por el imperio, apoyadoen su poderío militar.
La tesis del americanismo se desdibuja y pierde vigencia, en su concepción original. No es posible confiar más en los E.U. como soporte de esta postura que ellos interpretan de acuerdo a su afán de dar vigencia a su viejo lema de “América para los americanos”. La OEA y el americanismo ya no pueden unir a la América toda, salvo bajo condición de dependencia, con la que la mayoría de las naciones del Continente no están de acuerdo. Nuevos gobiernos progresistas en la región -a partir de fines de la década del 90 impugnaron las mañosas prácticas de esta organización continental y crearon nuevos marcos de integración o decidieron fortalecer los existentes, exclusivamente latinoamericanos y caribeños.
Así se constituye la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur 2004/2011) como proyecto de integración y cooperación de numerosas líneas de acción que impulsan la integración de los doce países independientes de Sudamérica que se coaligan: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela. Las naciones sudamericanas, respetando sus diferencias, crearon tal organización buscando cimentar, de modo participativo y consensuado, un área de integración y unión regional: cultural, social y en lo económico y político. Para ello emplean diversos métodos y herramientas, para desterrar la desigualdad social, a través de la inclusión social, mediante el fortalecimiento de la Democracia con una amplia participación ciudadana. (Continuará)
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