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La Verdad del Sureste

¿A qué le tiras mexicano?

13ª Parte


                                            Los procesos electorales en los países de la región en que se están realizando o en vísperas de llevarse a cabo, están con situaciones más complejas de lo que normalmente debiera ser un ejercicio ciudadano de esa naturaleza. Seguramente se “viraliza” en Venezuela, por los intereses ajenos que pretenden desbarrancar al gobierno que el pueblo decidió darse y que debiera ser respetado por todas las demás naciones Latinoamericanas y caribeñas, considerando los principios de No Intervención y Solución Pacífica de las Controversias, paradigmas de la relación entre pueblos hermanos. La historia de ese país nos muestra como, desde su nacimiento vive escenarios complejos. Al declarar su independencia (1811) por la interacción  de Francisco de Miranda y Simón Bolívar, sobre todo al separarse de la Gran Colombia (1830) tiene diversos gobiernos -como en el resto de la Región- disputados entre dos corrientes políticas: liberales o amarillos y conservadores o azules. Casi en su totalidad dichos gobiernos llegan al poder por medio de las armas. Sucesivas guerras civiles se mezclaron con caudillismos locales. A finales del siglo XIX los liberales controlaban el gobierno y el país vivía un sostenido crecimiento económico y desarrollo cultural.  En el siglo XX, cinco dictaduras militares (décadas del veinte al cincuenta), y repetidas crisis económicas, complican el cuadro en el país caribeño. Regresa la democracia con Rómulo Betancourt en 1960, con nueva constitución (1961) que pretende consolidar la endeble democracia venezolana. Sucesivos gobiernos democráticos, con amenazas de golpe de estado, llegan a los noventa con Rafael Caldera, quien recibe una alta deuda externa y una producción de petróleo importante, pero incapaz de atender los problemas de pobreza y falta de trabajo en el país.  La corrupción sería factor clave. Ante la desconfianza en la clase política tradicional, la gente votó por Hugo Chávez y en 1999, sucede a Caldera en el gobierno. De inmediato propone nueva constitución, la “quinta república bolivariana “ y mediante referéndum, Venezuela conforma nueva constitución ampliando poderes del presidente. Un golpe de estado (abril 2002) comienza a dividir a la sociedad venezolana, entre los poderosos comerciantes ligados a intereses extranjeros que se oponen al chavismo, manteniendo tal actitud -aun muerto Chávez- encabezados sus detractores por Hugo Capriles, un político de la derecha tradicional. El gobierno de Chávez pretende y supera en buena parte lo que se venía viviendo desde la década de los 80 del siglo XX: una Venezuela con crisis del modelo rentista en su vida económica; el deterioro en las expectativas de bienestar colectivo; y la pérdida de legitimidad y confianza en organizaciones partidistas y otras, que conformaron el orden democrático. La interacción de estos procesos subyacentes con decisiones y acciones adoptadas durante los gobiernos de 1989 y subsiguientes, convergieron para engendrar desarreglos graves en la –hasta esos momentos- estable democracia venezolana.  Por tanto, las actitudes de muchos de nuestros países son incongruentes con los requerimientos de una nación que necesita apoyos para sentarse a negociar con la oposición y no actitudes brutales y torpes (Perú) que cierran la puerta al Presidente actual (Maduro) a un evento que por sus características, no está bajo control de esa nación. En efecto, esas reacciones se originan “cuando la diplomacia peruana, contraria a su tradición histórica, endurece su actitud en este asunto, al extremo de sostener que tiene a la mano los mecanismos para impedir -se entiende físicamente- la presencia de Maduro en Lima y en la Cumbre”. Esas declaraciones fueron de la canciller peruana, sin argumentos en el Derecho Internacional que justifiquen la exclusión de Venezuela. Sale a la palestra un embajador peruano de carrera: Osvaldo del Rivero quien advierte que “está en riesgo el prestigio de la política exterior de un país que precisa de acuerdos y amistades en el contexto de un proceso integrador intenso, incluso más allá del éxito o fracaso de la Cumbre”. Pide “cesar las explicaciones absurdas y el uso de este delicado asunto en la política interna” y sugiere recordar el gesto de dignidad del canciller peruano Raúl Porras (1960), contra la exclusión de Cuba de la OEA, “y concluir que la mejor decisión es el retorno de un ejercicio profesional de nuestras relaciones internacionales”. El historiador Nelson Manrique señala: “No es la Cumbre la que ha decidido que Maduro no es bienvenido en la reunión; la decisión fue tomada unilateralmente por Kuczynski, (el presidente) pidiendo luego el apoyo del Grupo de Lima”, una minoría de 14 países alineados con E. Añade: no es verdad que el grupo, como alega la canciller Aljovín, respalde la exclusión de Maduro, pues solo expresa que “respeta” la medida, diplomáticamente distinto a apoyarla. El analista e historiador agrega “tras las acciones de Kuczynski parece pesar su nacionalidad norteamericana (a la que afirma que renunció), no sólo como estatus jurídico sino como horizonte mental”. Otro objetivo del mandatario, al marginar a Venezuela, es sacar del interés público el tema de su destitución parlamentaria, que impulsan diversas fuerzas peruanas. Por su lado, el analista político, Augusto Álvarez apunta: el gobierno muestra impericia ante el anuncio de Maduro de acudir de todas maneras a la Cumbre de las Américas, y deplora las declaraciones de la premier, Mercedes Aráoz, en el sentido de impedir a toda costa la entrada del mandatario bolivariano. Pero este penoso episodio tiene un origen espurio y como tal será superado en consecuencia. (Continuará). Correo electrónico: [email protected]         
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