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La Verdad del Sureste

LA REBELIÓN DE ATLAS III


Transcribo fragmentos de: La Rebelión de Atlas, 1957, EU, Random House; Aynd Rand (seudónimo de Alisa Zinov’yevna Rosenbaum).
    Las contradicciones no existen. Cuando pienses que te encuentras frente a una contradicción, revisa tus premisas. Siempre encontrarás alguna equivocada.
    Rompamos las cadenas de ese prejuicio llamado lógica: ¿acaso nos va a detener un simple silogismo? ¿Tan seguro estás de tus opiniones? No puedes estar seguro de nada. ¿Eres capaz de poner en peligro la armonía de la comunidad, tu relación con el prójimo, tus antecedentes, tu reputación, buen nombre y seguridad financiera por culpa de una ilusión, en aras del espejismo de creer que piensas? ¿Correrás riesgos y te expondrás a desastres judiciales, en una época tan difícil como la nuestra, oponiéndote al orden social vigente en nombre de esas nociones imaginarias que llamas convicciones? ¿Dices estar seguro de tener razón? Nadie puede tener razón, ni la tendrá jamás. ¿Crees que el mundo que te rodea está equivocado? No tienes forma de saberlo. Todo está equivocado a los ojos del hombre, entonces, ¿de qué sirve luchar? No discutas. Acepta, adáptate, obedece.
    ¿Para qué cree que se dictan esas leyes? ¿Realmente pensó que queremos que se cumplan? Lo que queremos es que se quebranten. Buscamos poder y vamos directo a él. Ustedes sólo son segundones. Nosotros conocemos los verdaderos trucos y será mejor que lo admitan. No hay forma de gobernar a personas inocentes, porque el único poder que tiene cualquier gobierno es el de lanzarse violentamente contra los criminales. Y bueno: cuando no hay suficientes criminales, los inventamos. Se declaran delictivos tantos actos, que es imposible que la gente viva sin quebrantar alguna ley. ¿Quién quiere una nación de ciudadanos respetuosos de la ley? ¿De qué sirve eso? Pero si uno dicta leyes que nadie puede respetar, que es imposible hacer cumplir, y que no pueden interpretarse de manera objetiva, inmediatamente se crea una nación de transgresores y, enseguida, se puede caer sobre los culpables.
    Si desea vencer cualquier clase de fraude, adáptese a él exactamente sin añadir nada que lo ayude a disimular su naturaleza.
    La centralización destruye los perjuicios del monopolio y lleva a la democratización de la industria.
Es imposible desarmar a un hombre, si no es a través de la culpa. O hacerlo a través de aquello que él mismo acepta como culpa. Si no existe en el mundo suficiente culpa, debemos crearla. Si decimos a alguien que es malo contemplar las flores y lo hace, podremos hacer lo que queramos con él y no se defenderá porque no se sentirá digno de hacerlo. No luchará. Pero que Dios nos libre de quien vive según sus propias normas, que nos libre del hombre de conciencia limpia. Ese sí es capaz de derrotarnos.
    ¿Cuál es la clase más depravada de ser humano? El que no tiene propósitos.
    Si todo el mundo está de acuerdo, si el país tiene una opinión unánime, ¿cómo puede un hombre atreverse a disentir? ¿Con qué derecho?
Ésta no es una época adecuada para los idealistas poco prácticos. Si alguien deseara oponerse a una política gubernamental, ¿cómo lograría hacerse oír? ¿Gracias a los caballeros de la prensa? ¿Existe acaso en el país algún periódico independiente? ¿Una emisora de radio sin controlar? ¿Un pedazo de propiedad particular o una opinión personal? La opinión personal es el único lujo que nadie puede permitirse hoy en día.
    No existe nada que justifique la propia inmolación, nada les da derecho a convertir a las personas en animales de sacrificio, nada puede conferirle valor moral a la destrucción de los mejores.
    No se nos puede castigar por ser buenos, no se nos pueden imponer sanciones por nuestra habilidad.
    Es preciso contar con alguien capaz de protegerlo de la legislación vigente. Todos los industriales tenían que emplear semejantes hombres.
    Está bien demostrado que cada compañía depende de otras. Así es que todo el mundo debe compartir los problemas. La única justificación para la existencia de la propiedad privada es el servicio público.
    Dígale a ese hijo de puta que me mire y que, luego, se mire al espejo y se pregunte si voy a creer que mi estatura moral se halla a merced de sus acciones.

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