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La Verdad del Sureste

Urdimbres y texturas

LOS DERECHOS DE LAS MUJERES Y LOS REZAGOS CULTURALES



Hablar de feminismo implica que se tiene que asumir una postura que no a muchos les agrada observar: la defensa de los derechos de la mujer, como si  algo aislado se tratara, resulta necesario en la medida que la existencia  femenina es colocada en la mesa de negociaciones, y no una persona que merece ser escuchada.
    Eso último me costaría una levantada de ceja de cierto grupo de mujeres, pero entendiendo en el marco de la realidad pesada, esa que exige a la mujer conserve estatus, y un adoctrinamiento tradicional, no es fácil asumir una ideología en donde se reconozcan su existencia, sus necesidades y su condición de persona.
    Hace poco alguien en una de las sesiones escolares, preguntaba: “derechos de las mujeres?”  Sí, derechos de las mujeres y se extiende a derechos de las niñas también. Si a eso agregamos que en el mundo la condición de persona de las mujeres como seres humanos es una noción ignorada, porque se ha relativizado su uso como adorno, compañía, madre, garantizadora de la estirpe y todos los motes que les quieran poner. Las mujeres deberán ser reconocidas en su derecho a ser y no por eso señalarlas si no encajan en los estereotipos para los que, según algunos, fue creada.
    Sí, es el siglo XXI y se siguen escuchando los ecos de mujeres que establecen organizaciones por los derechos de las mujeres. El siglo de la imagen, del Instagram y el Facebook, de plasmar realidades a través de una cámara, pero en eso de ser seres humanos nos ha llevado tiempo, esa parte no termina de embonar en la estructura jerárquica de este planeta. Cómo andamos en derechos humanos, que afortunadamente la valentía de mujeres como Edda Sanga, y Godfrida Jola en Tanzania, les ha llevado a la constitución de una ONG que abre espacios para la reflexión y concientización de los derechos femeninos.  
    Han luchado para incluir en su programación de radio reportajes sobre la condición de los embarazos en edades tempranas, pero han tenido que pedir permiso para la publicación de un reportaje sobre la violencia machista, mismo que tardó en ver la luz. El editor en jefe dijo: “No, sobre mi cadáver”
    El siglo XXI y con la imposibilidad de exponer lo que es una realidad: la violencia hacia las mujeres, es una constante, externado esto, sin afanes ni tintes dramáticos, es un hecho. Pasa que si en Tanzania se da esa violencia que aniquila desde la iglesia, desde la familia, y el entorno mismo, en las ciudades occidentales ha tomado otras dimensiones.
En occidente tiene que ver con la educación de las mujeres y su llegada a la vida profesional donde se codea con compañeros hombres, algunos reciben el hecho con entusiasmo, la mirada en la profesión desde una mujer, pero hay quienes aún en su ser más recóndito permanecen sumidos en el engorilado resquicio de su cerebro reptil cavernario. O sea, una mujer no  puede participar en política, por ejemplo. La política apreciada desde la mirada femenina tiene otros tintes, no agrada Angela Merkel, no agrada Hillary Clinton, no agrada esa dimensión de mujer que se mide en el terreno masculino con las propias armas patriarcales, porque así les han enseñado a ser “políticas”, cuando en realidad, al final de cuentas, el poder tiene esa capacidad de no tener sexo, tiene el endiablado genio de asumir las formas como el agua, según sea envasada.
    En América Latina corren los vientos de la ascensión de la mujer en el entorno político, no sólo es privativo de México, es todo el continente. Nos lleva ventaja Europa occidental en el número de participantes activos en puestos directivos. Las llamadas cuotas de poder.
    Michelle Bachelet en Chile enfrentó al senado de su país cuando estableció la reforma de no más del 60% de los sexos, es decir, la distribución equitativa de la participación mujer/hombre. Aunque su bancada la apoyó, no lo hicieron con la mejor holgura, más bien, incómodos. El asunto es obvio y no quisieron ir más allá; al final de cuentas, se asumió. La discusión es respecto a qué puestos ocupan, normalmente subalternos, jamás direcciones, y es ahí donde inician las desigualdades.
    En el trópico sureño de México, el verde y caluroso Tabasco, no es la excepción. La participación femenina pasa por un proceso hormonal de vaivenes políticos; hormonal, por el hecho de que los señores que se dedican a lo político han establecido las normas del juego a conveniencia, un día son coherentes, otro más reina la incertidumbre generalizada en los institutos políticos, otro día se deciden a ser abiertos y compartir el escenario político con las féminas, y en menos de lo que la pituitaria genera hormonas, cambian de parecer.
    Hormonal porque a pesar de que digan es el calor, más bien es el hacer política a modo, que poco de racional tiene, y más bien de temperamento según la hora y el revanchismo les deja ver. Se cansaron de agredirse entre ellos, y pusieron de parapeto a las mujeres, porque desde el centro del país alguien les dijo que así tendrían cara de modernos, y demócratas, sólo que no contaban que a las mujeres, como seres pensantes que son, no se les hace una invitación en vano. Pueden decir rebelde, insistente, necia, ciega por el poder, ignorarlas, pero siempre, siempre existe la posibilidad de que esas mujeres llenas de epítetos y señalamientos, sean protagonistas de su entorno, y hacer mirar el entorno de lo político de otra manera. Si tan sólo las escucharan, es factible que se modificara mucho de lo que siempre se ha venido haciendo igual, lo prioritario no es escuchado, más bien lo trillado, y lo que es carne de cañón prevalece. Aquí no se trata de leer entre líneas, se trata de asumir compromisos  para trabajar en beneficio de la comunidad, no de un grupo político. Catalina la Grande, Eva Perón, Cleopatra, Micaela Bastida, Policarpa Salavarrieta, Hatshepsut, listado que queda pendiente, todas ellas se acercaron al poder, y modificaron su entorno, o la percepción del mismo. Cierro esta reflexión con aquel dicho romano: “las mujeres, bien en el hogar, mal en el poder”,  que de realista no tiene nada, y el ejemplo se los puso Boudica Tisores Mislata, mejor conocida como Boudica, la Icena que hizo temblar a Roma.

 

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