Consumada la acción militar en Venezuela, que costó la vida de 85 personas, según los primeros informes posteriores a la invasión, la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, quienes enfrentan cargos fabricados de narcotráfico ante la corte de Nueva York, afloró la arrogancia y prepotencia del presidente Donald Trump.
El titular de la portada del diario La Jornada lo sintetiza de manera ejemplar: “Trump al mundo: dominamos occidente”. Pasó por encima del derecho internacional. Vulneró los principios que rigen la autodeterminación de los pueblos, consagrados en la Carta de la ONU y en tratados internacionales.
La operación militar fue motivada, según el presidente estadounidense, por los supuestos vínculos con el narcotráfico, pero es evidente que obedeció a la ambición de apropiarse de las mayores reservas petroleras en el mundo.
Ha tenido el empacho de admitirlo públicamente. El sábado pasado, luego de expresar su “autocomplacencia” por el atentado cometido en contra del pueblo venezolano, declaró: “Las empresas petroleras estadunidenses se encargarán del manejo del petróleo de Venezuela”.
Vamos a gobernar el país hasta que podamos hacer una transición segura, apropiada y sensata”. “No podemos arriesgar que nadie más tome control de Venezuela… No vamos a permitir que eso ocurra. Estamos ahí ahora y permaneceremos hasta que una transición apropiada se realice”.
Para luego no dejar ninguna duda de que así será su actuar en cualquier parte del mundo y en especial en América Latina, a la que siempre ha sido considerada el patio trasero de Estados Unidos: es la resurrección de la Doctrina Monroe.
¿Por qué los principales líderes mundiales han reaccionado con cautela ante este acto prepotente del presidente Trump? Porque en el fondo, son igual de intervencionistas que su par estadounidense.
Ahí están China, la India, los países africanos para recordárnoslo. Por la mala, causando destrucción y muerte, se apropiaron de las riquezas de esas naciones. Es una larga historia que se repite de manera cíclica.
La Unión Europea ha respondido de manera tibia ante lo sucedido en Venezuela. El fascismo ha dado una muestra de que está más vivo que nunca y que se constituye en una seria amenaza contra el orden mundial.
No importa si los gobernantes son unos imbéciles o que estén llevando a la ruina a su país, como sucede en Argentina con Javier Milei, quien a nombre de la libertad ha empobrecido al pueblo argentino al que tiene sumido en una profunda crisis económica.
A la derecha y la ultraderecha poco les importa el bienestar del pueblo. Ellos están en el gobierno para beneficio propio, saquear y hacer negocios con las grandes empresas trasnacionales para que libremente despojen de su patrimonio y de sus riquezas naturales, fuente de codicia de las grandes potencias, como la estadounidense.
Desde antes de que asumiera su segundo mandato Donald Trump, expertos en geopolítica habían advertido de la peligrosidad de un gobernante “ignorante” y “ambicioso”. No tiene nada que perder y mucho qué ganar, lo dijeron en su momento. Porque ya no tiene la oportunidad de buscar otro periodo presidencial.
Nadie hizo caso a esa advertencia, y lo han dejado que cometa todo tipo de atropellos con los migrantes, con los gobiernos que no le son afines, con las naciones a las que les quiere robar sus riquezas.
Ha impuesto sus propias reglas al mundo. No respeta ninguna ley, ni siquiera al Congreso de su país. Su poderío económico la tiene extasiado para cometer todo tipo de arbitrariedades y causar muerte y destrucción como lo acaba de hacer en Venezuela.
Después de lo sucedido en Venezuela, habría que preguntarle a los europeos ¿qué harán si decide apropiarse de Groenlandia, territorio bajo la jurisdicción de Dinamarca? ¿Reaccionarán de la misma manera que lo han hecho ante el país sudamericano?
Ya declaró que necesita a Groenlandia para “seguridad nacional” de Estados Unidos, y que porque por esas aguas transitan barcos rusos y chinos. De la amenaza a la acción solo hay un paso.
Con Venezuela el pretexto fue que Maduro era una “amenaza de narcoterrorismo”. Sin embargo, analistas internacionales han señalado que ese será un “molde” que la administración Trump puede aplicar a otros países “con crises políticas o de seguridad complejas, saltándose los mecanismos diplomáticos internacionales”.
En su lista figuran Colombia y México, calificados por analistas como “objetivos potenciales”. Inclusive, en sus declaraciones triunfalistas después del asalto militar en Venezuela, declaró que “algo se tiene que hacer” en nuestro país con el pretexto del narcotráfico.
Esa actitud arrogante es calificada como un relanzamiento de la “Doctrina Donroe”, una derivación de la Doctrina Monroe, mediante la cual Estados Unidos “busca el control total del Hemisferio Occidental mediante el uso de la fuerza militar y el apoyo a gobiernos de ultraderecha alineados con sus intereses”.
Ningún país está seguro a partir de esta acción arbitraria. Lo único cierto, es que la ONU solo está de aparador, que la diplomacia ha sido sustituida por las armas y la arrogancia de quienes las esgrimen como única razón para imponerse por la fuerza, pisotear la dignidad de un pueblo, atentar contra la vida de su gente, por la ambición desmedida por la riqueza ajena.
