“Soy presidente de Venezuela. Me considero un prisionero de guerra”, declaró contundente Nicolás Maduro este lunes, durante su comparecencia ante el Tribunal Federal del Distrito Sur de Nueva York, ante quien lo llevó el gobierno de Donald Trump para cubrir con ropaje jurídico la falsa acusación de vínculos con el narcotráfico.
El mandatario venezolano y su esposa Cilia Flores, secuestrados por el ejército estadounidense durante la operación militar realizada la madrugada del sábado pasado, comparecieron ante el juez Alvin K. Hellerstein.
"Soy inocente. No soy culpable de nada de lo que se ha mencionado aquí", afirmó durante la primera audiencia.
A Maduro se le acusa o mejor dicho le fabricaron una "conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos, y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos".
No existe ninguna prueba, ningún indicio de que, en efecto, el presidente Maduro, sea un narcoterrorista. Es una de las muchas invenciones que Estados Unidos ha fabricado a lo largo de los años para apropiarse de la riqueza petrolera.
Lo hizo en Irak con el cuento de que Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva e invadió ese país para quedarse con el petróleo iraquí. Todo fue una patraña, una invención que originó destrucción y muerte de miles de iraquíes.
La acusación contra Maduro se basa en supuestos informes de la DEA de los años 90 en la que se le relaciona al presidente venezolano y a funcionarios de su gobierno con el denominado Cartel de los Soles y que el gobierno de Donald Trump liga con el Cártel de Sinaloa y Los Zetas.
Solo que esos informes de la agencia antinarcóticos estadounidense sobre capos mexicanos datan de 2008 a 2011, cuando México era gobernado por el panista Felipe Calderón y su secretario de Seguridad Pública era Generado García Luna, actualmente preso en Estados Unidos, donde purga una condena de 38 años por narcotráfico.
Medios mexicanos han referido ese dato, pero se han cuidado de mencionar los nombres de Calderón y García Luna, han manipulado la información para insinuar que esos vínculos se dieron en los gobiernos de Morena.
Esa distorsión informativa la han aprovechado los dirigentes nacionales del PAN y del PRI para alimentar su falsa narrativa de que Morena convirtió a México en un narco Estado.
El expediente judicial de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, citado por medios mexicanos, se afirma que Maduro “no solo facilitó el tránsito de drogas, sino que estableció asociaciones estratégicas con el Cártel de Sinaloa y Los Zetas para inundar de cocaína el mercado estadounidense”.
Según la fiscal general estadounidense, Pam Bondi, el “círculo cercano” del presidente de Venezuela participaba en las actividades de narcotráfico y que utilizaban a las instituciones de ese país “para proteger los cargamentos de estas organizaciones mexicanas a cambio de millonarios sobornos y apoyo logístico”.
“En 2011, se documentó que el Cártel de Sinaloa financió laboratorios de cocaína en Colombia, cuyo producto era escoltado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) hacia Venezuela, donde recibía protección de altos mandos militares aliados de Maduro para su posterior envío al norte”, refiere la investigación de la DEA.
En esos informes se basa el presidente Trump para hacer acusaciones temerarias en contra del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, sin ningún fundamento.
Como dicen los abogados: asumiendo sin conceder que eso fuera cierto, a los que deberían pedir cuentas es a los expresidentes Calderón y Enrique Peña Nieto, porque de ellos sí hay sospechas fundadas de que pactaron con capos de la droga.
Después de la operación militar en Venezuela, Trump lanzó amenazas veladas a Colombia y México, por supuestamente no hacer nada contra el narcotráfico. Lo repitió el domingo pasado, acusando a la presidenta de “tener miedo” a los cárteles, cuando los informes de seguridad que periódicamente rinde el Gabinete de Seguridad Federal contradicen esas aseveraciones temerarias del mandatario estadounidense.
Estados Unidos está acostumbrado a fabricar culpables con tal de apoderarse de lo que no es suyo. Ya lo vivimos en carne propia, cuando nos robó la mitad de nuestro territorio. Es una potencia imperial en decadencia que se ha erigido así misma en policía del mundo, que puede hacer lo que quiere sin ninguna consecuencia.
En cambio, hay pruebas, evidencias y juicios consumados que demuestran que Trump es un delincuente y pedófilo. Pero nadie le pide cuentas, ni el Congreso de Estados Unidos, que se ha dejado arrastrar a ese descrédito y, por tanto, es responsable de ese acto de barbarie cometido contra el pueblo de Venezuela que amenaza con repetirlo en Colombia y Groenlandia.
Así empezó Hitler, invadiendo Polonia (1939). Nadie dijo nada. Le siguieron Dinamarca, Noruega y Bélgica (1940) y nadie tampoco hizo nada. Reaccionaron después de que Inglaterra se dio cuenta que seguían ellos, pues ya habían caído Países Bajos, Francia, Luxemburgo, Yugoslavia y Grecia.
El fascismo no tiene ningún respeto por la vida ni por el orden mundial. A Trump lo único que le interesa es enriquecerse aún más y a quienes financiaron su campaña. Ni siquiera le importa el pueblo estadounidense.
Ya lo advirtió una legisladora estadounidense: los atropellos de Trump tienen fecha de caducidad, terminarán con su mandato dentro de tres años, pero el descrédito nunca se lo quitará de encima el Congreso.
Macron ¿Tú también?
Ahora se sabe por qué Francia apoyó la invasión estadounidense en Venezuela. Resulta que quiso hacer lo mismo en Burkina Faso. Promovió un golpe de Estado para deponer al dirigente de ese país africano, Ibrahim Traoré, todo porque dejó de ser un protectorado francés, y ahora es una nación independiente y soberana, y cuyo líder ve por los suyos.
Las fuerzas armadas y el pueblo frenaron esa intentona promovida por el presidente de Francia Emmanuel Macron el mismo día en que Estados Unidos invadía Venezuela para secuestrar a Maduro.
Las autoridades burkinesas informaron que el plan golpista incluía el asesinato de oficiales de alto rango de la nación y se logró frustrar gracias al apoyo del pueblo africano.
