El panorama político hacia 2030 sugiere que los sectores de la derecha y la ultraderecha han iniciado una transición táctica: han pasado de la resistencia parlamentaria a una estrategia de erosión sistémica.
Este nuevo enfoque busca desarticular la hegemonía de Morena mediante la combinación de figuras outsiders, la capitalización del desgaste institucional y una sofisticada guerra de narrativas digitales.
Ante la evidente ineficacia de los partidos tradicionales (PAN, PRI), que cargan con el estigma de administraciones pasadas, la derecha busca una renovación mediante figuras que se presentan como ajenas al sistema político.
Personajes como Ricardo Salinas Pliego o Eduardo Verástegui intentan emular el fenómeno de líderes como Javier Milei en Argentina o Donald Trump en Estados Unidos.
Esta estrategia busca apelar a la "libertad individual" y a la "salvación económica" frente al modelo del Bienestar, intentando capturar el descontento de sectores empresariales y de una clase media que se siente desplazada por las políticas de prioridad hacia los más pobres.
El objetivo es claro: presentar una plataforma radical que no tenga las "ataduras" de la política convencional y que pueda confrontar directamente la narrativa de la Cuarta Transformación.
La oposición ha identificado que para ganar en 2030 debe arrebatarle a Morena banderas sociales o, al menos, cuestionar su efectividad. En este sentido, se observa una movilización planificada para los años venideros enfocada en temas críticos como la inseguridad y la violencia.
Al organizar protestas sistemáticas bajo estas premisas, buscan posicionar la idea de un "Estado fallido" o una hegemonía que, pese a su popularidad, no puede garantizar la paz.
Paralelamente, intentan fracturar la base social del movimiento mediante una narrativa de resentimiento. Argumentan que el apoyo popular a Morena es puramente "clientelar" o económico, buscando deslegitimar el componente ideológico de la base social y generar una división entre quienes reciben apoyos directos y la clase trabajadora que no es beneficiaria de programas sociales.
Uno de los frentes más agresivos es el digital. La presidenta Claudia Sheinbaum y diversas investigaciones han denunciado el uso de "violencia artificial" y campañas de desinformación coordinadas. Esta "maquinaria Anti4T" no opera de forma orgánica; se sostiene sobre tres pilares técnicos: Granjas de bots y automatización, asesoría internacional e infiltración cultural.
En redes sociales se realizan inversiones millonarias para inflar tendencias y crear la ilusión de un rechazo social masivo. La participación de consultores de España y Argentina sugiere la importación de tácticas de "guerra sucia" ya probadas en otras latitudes para "enlodar" el debate público.
La detección de cuentas de influencers de temas no políticos (belleza, ciencia, estilo de vida) que repentinamente adoptan discursos críticos coordinados, busca permear en audiencias que normalmente no consumen noticias políticas.
La derecha apuesta fuertemente a dos vulnerabilidades críticas del movimiento. Confían en que, sin la presencia de Andrés Manuel López Obrador, las facciones internas de Morena colapsen en una lucha por el poder hacia la sucesión de 2030.
El control total del Congreso y la implementación de la reforma judicial son vistos por la oposición como campos minados donde el gobierno podría cometer errores de ejecución. Estos errores serían utilizados para alimentar una narrativa internacional de "autoritarismo", buscando el respaldo de organismos extranjeros, principalmente de Estados Unidos, para presionar al gobierno mexicano.
Frente a este despliegue que no es solo electoral, sino cultural, la respuesta del gobierno se centra en lo que denominan la "revolución de las conciencias".
La estrategia de la presidenta Sheinbaum consiste en mantener una comunicación directa y constante con la ciudadanía para neutralizar la mediación de las redes sociales y los medios convencionales. Hay confianza en una ciudadanía altamente politizada es el único antídoto eficaz contra una "guerra sucia" que, aunque potente en lo digital, suele carecer de sustento en la realidad territorial del país.
