El leve padecimiento estomacal que afectó la salud del gobernador Javier May Rodríguez fue instrumentalizado para proyectarlo como un gobernante vulnerable, mediante mensajes diseñados por una supuesta “mente brillante”.
Flaco favor le hicieron al mandatario. El parte oficial, emitido para atajar las especulaciones de cuentas opositoras y grupos políticos rivales sobre su estado real, terminó diluyéndose ante la desafortunada campaña en redes sociales bajo el lema “Mejórate May”. Esta narrativa sugería un quebranto serio que nunca existió.
Su reaparición pública, apenas un día después, aminoró los costos políticos de esos supuestos "respaldos populares". Al ser una indisposición pasajera, la estrategia mediática resultó injustificada y generó un efecto contraproducente: críticas innecesarias. Pareciera que alguien estaba interesado en sembrar dudas sobre su capacidad física para ejercer el cargo. No faltó quien le cargara la campañita al experto en guerra sucia, Audelino Macario.
No es la primera vez que esto ocurre; ha sido una constante desde el inicio de su administración. Tanto fuera como dentro de su gobierno, existen actores operando para propiciar su caída o colocar obstáculos en su andar por el territorio.
Los autodenominados "bien nacidos" desprecian al mandatario bajo el argumento de que "no es uno de los suyos" y carece de "casta o prosapia". En su intento por hacerlo tropezar, cuentan con aliados infiltrados en la propia estructura gubernamental. Estos sectores no desaprovechan oportunidad para señalar supuestas debilidades en quien llegó al Poder Ejecutivo con el 80% del respaldo popular.
El uso de la inseguridad como arma política
El arranque de su gobierno coincidió con un escenario violento provocado por fracturas internas en organizaciones delictivas como “La Barredora”. Esta violencia fue utilizada en redes y medios afines para predicar la "incapacidad" del gobernador. Se magnificaron los hechos para que la percepción de inseguridad situara a Villahermosa como la ciudad más peligrosa del país, incluso por encima de urbes como Tijuana o Culiacán.
Este fue el pretexto de detractores —tanto de la oposición como de fuego amigo en Morena— para exigir la renuncia de May y su gabinete. Omitieron deliberadamente que dicha violencia fue heredada y propiciada por las complicidades establecidas durante los gobiernos de Adán Augusto López Hernández y Carlos Manuel Merino Campos.
A pesar de las comparaciones con el gobierno de Salvador Neme Castillo para forzar su remoción, esas voces predicaron en el desierto. La presidenta Claudia Sheinbaum, consciente de los verdaderos responsables de la crisis en el estado, dio su respaldo total a May. El relanzamiento de la estrategia de seguridad ha logrado, hasta la fecha, disminuir la incidencia delictiva, poniendo las cosas en su lugar.
Traiciones en la sombra
Sin embargo, la conspiración persiste en las sombras. Hay quienes hablan pestes del gobernador, confiados en que sus deslealtades no verán la luz. Saben que legalmente es casi imposible removerlo antes de los dos años de mandato, lo que obligaría a nuevas elecciones, pero la guerra interna no cesa.
Desde los otros dos poderes del Estado se tejen deslealtades: En uno, por la creencia de que se puede heredar la gubernatura; en el otro, por una naturaleza desleal y ambiciones políticas cegadoras.
Javier May es un político curtido en la lucha social y formado en las comunidades eclesiales de base. Su prioridad por los pobres, derivada de esa formación, es precisamente lo que incomoda a la vieja clase política. Mientras ellos conspiran, el gobernador mantiene su ruta, enfocada en los sectores que durante décadas sufrieron el abandono oficial.
