Los de abajo

La renuncia de Jesús Alí: el retrato del político oportunista y resentido
 


Con gran ruido en redes sociales y cierta cobertura mediática, se ha intentado presentar la renuncia de Jesús Alí de la Torre a su militancia en Morena como un evento de relevancia política en Tabasco.
 

Sin embargo, esta salida no representa ninguna pérdida significativa para el partido ni mucho menos una “catástrofe”, como algunos han querido magnificar.
 

Por el contrario, pone en evidencia el perfil de un político que ingresó al movimiento por pura conveniencia y que ahora, al sentirse desplazado, recurre al resentimiento y la victimización pública.
 

Jesús Alí de la Torre nunca fue un militante convencido de los principios que dan vida al movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador. No llegó a Morena por una convicción ideológica ni por un compromiso con la lucha democrática y la transformación del país.
 

Su ingreso fue pragmático y calculado: fue invitado por Adán Augusto López Hernández, otro político de origen priista que, al igual que él, se disfrazó de izquierdista para sumarse a la ola morenista.
 

Desde el principio, su militancia estuvo marcada por la oportunidad y no por la lealtad a un proyecto colectivo.
 

Durante los años que permaneció en el partido, Alí de la Torre jamás manifestó la más mínima inconformidad. Mientras fue favorecido con cargos y encargos, guardó un silencio cómplice. No criticó a nadie, no señaló irregularidades y no expresó desacuerdos públicos.
 

Parecía cómodo en su posición. Sin embargo, una vez que dejó de recibir los espacios de poder que ambicionaba, cambió radicalmente su discurso. Su carta de renuncia está llena de reclamos y acusaciones que nunca había hecho mientras formaba parte de la estructura morenista.
 

Este cambio arrepentido revela más sobre su carácter que sobre los supuestos problemas del partido. El traidor cree que todos lo son.
 

Se marcha porque quiere ser candidato a la alcaldía de Centro y en Morena no le da para ganar la encuesta y por eso acusa de manipulación y dedos cargos, como cuando Humberto Mayans lo impuso como candidato del PRI a la gubernatura, para cerrarle el paso a Luis Felipe Graham Zapata, luego que los Granier bloquearon su candidatura. Los número no le dan y por eso lanza acusaciones sin fundamento.
 

Lo más grave es que se le otorgaron responsabilidades inmerecidas. A pesar de no haber cumplido cabalmente con los encargos que se le confiaron y de haber quedado a deber en varios aspectos, recibió oportunidades que muchos militantes con mayor trayectoria y convicción nunca tuvieron.
 

DEJAR DE RECOGER BASURA
 

En lugar de agradecer o de esforzarse por mejorar su desempeño, Alí de la Torre parece creer que Morena le debía cargos simplemente por haber militado. Esa mentalidad es propia del político tradicional, acostumbrado al reparto de cuotas y prebendas, y ajeno al espíritu de servicio que caracteriza al movimiento.
 

Su renuncia confirma que es el clásico ejemplo del político resentido: aquel que se siente con derecho a ocupar espacios relevantes en el escenario estatal solo por su cercanía o por haber formado parte del partido o del gobierno durante un tiempo. Fue un servidor público gris, mediocre.
 

Cuando el partido decide no continuar otorgándole los puestos que él considera merecer, reacciona con enojo, victimización y ataques públicos. En lugar de reflexionar sobre su propio desempeño y limitaciones, prefiere culpar al movimiento y salir haciendo ruido, como si su salida fuera un golpe mortal para Morena.
 

En realidad, esta renuncia no debilita al partido. Al contrario, contribuirá a su saneamiento. Morena ha crecido precisamente porque ha logrado atraer a millones de personas por convicción; pero también ha sufrido la infiltración de oportunistas provenientes de otros partidos que solo buscan cargos y beneficios personales.
 

La salida de personajes como Jesús Alí de la Torre ayuda a depurar esas filas y a fortalecer la identidad del movimiento. Tabasco y Morena pueden prescindir sin problema de este tipo de militantes de ocasión, que entran por conveniencia, guardan silencio mientras les conviene y luego atacan cuando ya no obtienen lo que desean.
 

Su renuncia, lejos de ser una pérdida, es un recordatorio de que el verdadero compromiso con la Cuarta Transformación se mide con hechos y lealtad, no con ambiciones personales frustradas.

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