Durante el porfiriato se aplicó a fondo el liberalismo económico. Se incrementó la inversión extranjera, hubo crecimiento, paz y estabilidad social, pero no hubo redistribución del ingreso y el liberalismo político desapareció del mapa. De hecho, la Constitución de 1857 quedó abolida. La crisis externa y la debilidad interna provocaron que las condiciones sociales y la falta de flexibilidad política llevaran otra vez al ciclo de rebelión versus dictadura en 1911.
El sistema desembocó en un partido único que trajo estabilidad y paz. El PRI se consideraba liberal, pero no aplicó esos principios, sino que fortaleció la figura presidencial y eliminó los contrapesos democráticos en el Congreso y en la Federación, hasta convertir al régimen en una forma de monarquía sexenal, cada vez más parecida al porfiriato, sin permitir la relección a la que se volvió tan aficionado el general oaxaqueño. El fracaso financiero del régimen priísta llevó a los tecnócratas a renunciar al nacionalismo y a imponer una forma perversa de liberalismo económico. La redistribución del ingreso se dio al revés y la corrupción se expandió. A este ensayo se le llamó neoliberalismo y duró 40 años.
¿Estamos viviendo un reverdecimiento del liberalismo político? La libertad de prensa y de crítica se han intensificado. En 2018 y 2021 hubo elecciones genuinas y los resultados fueron legales y justos. Por lo que toca al liberalismo económico, aunque el poder del Estado se ha ido imponiendo en los últimos mil días, la estructura social, la desigualdad y la pobreza siguen vigentes. La aspiración colectiva es lograr la estabilización del sistema democrático y disminuir la desigualdad social. La sociedad se ha politizado y ha madurado.
¿Será posible desarrollar el liberalismo político y propiciar una economía de mercado de origen liberal pero atemperada por la rectoría y la gestión de un Estado poderoso?
