El Super Bowl LX no necesitó fuegos artificiales para ser contundente. En Santa Clara, los Seattle Seahawks ofrecieron una lección clásica de fútbol americano: control, disciplina y una defensa que marcó el ritmo desde el primer snap. El resultado, una victoria clara sobre los New England Patriots, confirmó que los campeonatos todavía se ganan desde la trinchera.
Seattle entendió el partido mejor que nadie. No se dejó llevar por la ansiedad del escenario ni por la narrativa del rival joven y prometedor. Apostó por lo básico, pero lo ejecutó con precisión quirúrgica. Presión constante al quarterback, tackles seguros y una lectura impecable de las debilidades ofensivas de Nueva Inglaterra. Cada serie defensiva fue un mensaje: aquí no hay espacio para errores.
La ofensiva de los Seahawks no fue espectacular, pero sí eficiente. Kenneth Walker III fue el termómetro del juego, castigando por tierra, consumiendo reloj y obligando a la defensa rival a desgastarse. No necesitó números inflados; su impacto estuvo en los momentos clave. A eso se sumó un juego de equipos especiales impecable, que convirtió cada oportunidad en puntos y terminó inclinando definitivamente la balanza.
Para los Patriots, el Super Bowl fue un choque con la realidad. El talento está ahí y el proyecto luce sólido, pero el escenario máximo no perdona improvisaciones. La ofensiva nunca encontró ritmo y la presión constante terminó por desarmar cualquier intento de reacción. No es un fracaso, pero sí una lección dura.
El Super Bowl LX dejó un mensaje claro: en la NFL, la moda cambia, los nombres se renuevan, pero la fórmula del éxito sigue siendo la misma. Defensa, control y carácter. Seattle lo entendió. Y por eso es campeón.
